Artes marciales: ¿Una buena práctica de reinserción?

Algo más de 50.000 reclusos son los que componen nuestra población penitenciaria en España. Todos ellos conviven día a día en un entorno que poco se parece a la sociedad más allá de los muros y esto es un problema, dado que el fin último de la pena, recordemos, es la reinserción. Es este el motivo por el que los profesionales de la criminología, psicología y derecho trabajan en busca de las mejores vías de reinserción y de programas que favorezcan el desarrollo del individuo como miembro de la sociedad.

Entre estos trabajos hemos encontrado una propuesta que queríamos transmitir en el blog, la enseñanza y desarrollo de artes marciales entre rejas. Aunque socialmente los deportes de contacto y las artes marciales se asocian a un aumento de la agresividad y conductas violentas, nuevos estudios sugieren lo contrario ya que los valores que este tipo de deportes llevan asociados podrían fomentar la adquisición de capacidades sociales y valores como el esfuerzo, la constancia y el respeto a normas.

Los investigadores Arias, Carrillo y Muñoz proponen una teoría sobre la agresividad en la que se distinguen la agresividad positiva y la negativa. En esta propuesta explican como la agresividad es algo innato en el ser humano, una conducta natural que forma parte de nuestra especie y como el ambiente y la cultura son las que van a influir en como la canalizamos de forma que pueda ser adaptativa (positiva) o no (negativa). De esta forma la agresividad positiva sería aquella que aparece ante las presiones del ambiente sobre la persona y que a través del autocontrol y los recursos que se tengan puede llegar a ser adaptativa. Por el contrario la negativa sería aquella que se manifiesta por vías inadecuadas provocando conductas socialmente inadaptadas, o repercutiendo negativamente en el individuo.

El condenado de delitos violentos se caracteriza por esa falta de herramientas y recursos para dirigir esta agresividad innata hacia vías adaptativas, por lo que su reinserción debe encaminarse hacia la adquisición de métodos de autocontrol y el aprendizaje sobre el manejo de dicha agresividad. El deporte en general, y las artes marciales en particular, podrían ser una buena vía de canalización de esta agresividad.

Es más, tenemos que tener en cuenta que la prisión se caracteriza por frecuentes ambientes hostiles, por la privación de libertad, la convivencia por sujetos con déficits en socialización. Todo ello factores que provocan en el sujeto sentimientos negativos y ejercen sobre él la presión suficiente para producir esta agresividad negativa de la que hablamos. ¿Qué pasaría entonces si toda esa ira encuentra una vía de escape en actividades deportivas de contacto en las que la base de su práctica es la enseñanza de valores sociales y morales?


Históricamente las artes marciales y los deportes de lucha nacen ligados a una serie de valores morales y a toda una ideología en general que fomenta la filosofía pacifista, la constancia, y el respeto. Las prácticas de estos deportes no sólo se limitan a la enseñanza de tácticas de ataque y defensa, sino que ocupa un importante lugar la transmisión de normas y valores que deben ser respetados en todo momento por quien lo practica. Si se realizan este tipo de enseñanzas en prisión, el interno puede además de canalizar la ira, adquirir ideales morales que no tenía previamente, por lo que una vez cumpla la condena podrá formar parte de la sociedad y entender mejor esos valores que antes desconocía.

Es más el doctor Espartero tras realizar una investigación con alumnos de judo propuso que el contacto corporal que exigen estas actividades tenían como resultado la superación inconsciente de las reticencias al contacto corporal, produciendo mayor cercanía por parte del sujeto al resto de personas.

Otro beneficio de este tipo de prácticas es lo que los investigadores llaman "oposición cooperativa". En los deportes de lucha y en las artes marciales tanto la cooperación excesiva como la oposición rígida son negativos a la hora de realizar el combate. Lo ideal es que se produzca una oposición cooperativa en el que cada adversario debe obligarle al contrincante a esforzarse y a luchar con él para lograr un combate óptimo. Si uno de los contrincantes se resiste de forma rígida o no impide la recepción de golpes el combate carece de interés y sentido. Esta enseñanza es muy positiva en el sentido de que el interno va a aprender que el hecho de que haya un enfrentamiento y que el otro persiga un fin contrario al suyo no es algo que le perjudique. Al revés, asume y aprende que la contraposición y los límites que pueda ponerle un superior deben de afrontarse con una oposición cooperativa en la que él pueda beneficiarse.

Como beneficios secundarios encontramos aquellos que van ligados a cualquier deporte como la disminución del consumo de drogas o alcohol y la reducción del estrés. En la investigación llevada a cabo por Zubiaur Gonzáles se recogen los testimonios de varios internos que dicen lo siguiente:

" A mí el deporte me hace estar bien físicamente, apartarme de las drogas. El deporte ayuda a dejar las drogas. Son incompatibles. Practicas deporte y dejar la droga, una cosa va de la mano de la otra"

"Mira, en la cárcel uno de los principales problemas, si no el que más, es el estrés. El estrés no te deja estudiar, no te deja relacionarte y eso se quita con el deporte".

"Aquí dentro hay mucho tiempo y no hay mucho más que hacer. Así con el deporte, te desahogas, comes más y descansas mejor"

Esta propuesta también conlleva sus riesgos y es que en este tipo de deportes la ira puede llegar a alcanzar un papel importante en su práctica. Aunque a medida que el deportista mejora su técnica y conocimiento mejora también el autocontrol y el manejo de la ira, también se corre el riesgo de que si se considera que la ira es importante para el éxito de los combates, puede desarrollar a su vez rasgos de ira en su personalidad, además de reaccionar emocionalmente con sentimientos de enojo y furia ante situaciones específicas.


Se ha demostrado también que deportes como el boxeo pueden promover la competitividad y la fuerza bruta sobre cualquier otra virtud, sobretodo en altos niveles de competición. Cuando el nivel de exigencia en estos deportes es alto aparecen diversas conductas agresivas frente a la frustración, a perder en casa (frente a ganar en el estadio o polideportivo del rival) y en menores edades, ya que cuando aumenta la edad, aumenta también la tolerancia frente a las infracciones deportivas que se les puedan imponer. Este dato es importante ya que de aplicar un método de reinserción con la práctica de artes marciales, se debe reducir el nivel de exigencia.

Por lo tanto la proposición de utilizar este tipo de deportes en prisión aparece como una posibilidad que podría llegar a ser realmente beneficiosa para el interno, ya no sólo dentro de la penitenciaría, sino una vez salga de nuevo a la calle. El aprendizaje de valores como el respeto, la constancia o los hábitos saludables que debe de tener para desarrollar la actividad física van a resultar en hábitos saludables y en una serie de habilidades sociales y personales que van a permitirle enfrentarse a una sociedad donde va a encontrar oposición y frustración, pero esta vez con posibilidad de beneficiarse de dichas circunstancias. 

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Andrea López
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