El fenómeno de Grooming Online en los abusos sexuales a menores: definición, prevalencia y algunos mitos

De todas las formas de victimización que en internet pueden experimentar los niños, niñas y adolescentes, aquellas que más preocupan, por razones evidentes, son las que atentan contra su sexualidad. Organismos y entidades de todo tipo han explotado siempre todos los recursos posibles en la lucha contra la pornografía infantil, que ha encontrado en el ciberespacio un nuevo lugar en el que seguir desarrollando tales conductas plenamente deplorables. No obstante, otro fenómeno de victimización sexual de menores en entornos digitales es lo que se ha denominado, de forma inadecuada a mi entender, como Grooming Online. En las siguientes líneas se exponen algunas ideas principales sobre dicho fenómeno y se presentan varias creencias equivocadas que pivotan entorno a tales conductas.

En el contexto de los abusos sexuales a menores el término Grooming, de origen anglosajón, no ha alcanzado un consenso en cuánto a su definición. Sin embargo, en este artículo se emplea la descripción que, a mi parecer, resulta más completa. José Antonio Ramos lo define como el proceso por el cual una persona establece una relación de confianza con un menor de edad, relación enmascarada como de amistad, en la que abundan los regalos y las muestras de afecto y atención, pero que va derivando hacia un contenido cada vez más sexual en una forma que resulta natural y no intimidatoria para el propio menor. Así definido, el Grooming supone preparar a un menor de edad para un futuro abuso o agresión sexual, consistiendo en una etapa más dentro del proceso de abusos sexuales del agresor. Cuando éste decide llevar a cabo el acto desarrolla un conjunto de comportamientos para obtener la confianza de la víctima, siendo tal confianza la clave de cualquier proceso de Grooming.


En España, el Grooming en su modalidad online se contempla como delito desde el año 2010, aunque el tipo penal es modificado en la reforma de 2015. Conocer el número de personas condenadas por Grooming posibilita un acercamiento a la prevalencia sobre este fenómeno. No obstante, dos son las cuestiones principales que imposibilitan asimilar tales resultados como cercanos a la realidad: la alta cifra negra de criminalidad en estos casos y la forma en la que está redactado el tipo penal en nuestro Código, que dificulta su aplicación. Los datos cedidos por el Portal de Transparencia del Gobierno Español muestran el número de casos de Grooming conocidos y esclarecidos por todos los cuerpos policiales desde el año 2016 hasta 2018. Andalucía, Madrid y Valencia son las Comunidades Autónomas con mayor prevalencia de este fenómeno (figura 2). Se han eliminado de la gráfica aquellas autonomías en las que no hubo casos conocidos, siendo ejemplo de ello País Vasco, La Rioja y la Ciudad Autónoma de Melilla.


Dos apuntes pueden hacerse respecto de la gráfica anterior. El primero de ellos es que la tasa de esclarecimiento es siempre muy inferior al número de casos conocidos, con excepción de Cataluña. Lo segundo, y aún más importante si cabe, es el hecho de que, con mucha probabilidad, las víctimas no lo sean solo de conductas de Grooming, dado que éste se solapa con otras formas de victimización tales como la producción y difusión de pornografía infantil, delitos de revelación de secretos, sextorsión y amenazas. Suele ser usual que el agresor, al mismo tiempo que solicita un contacto sexual con el menor, use la cámara web u otros dispositivos para grabar a la víctima y almacenar dichas imágenes para su uso privado o para su difusión en redes de pederastia. Ello dependerá principalmente del perfil del agresor, según busque éste una relación sentimental con la víctima o sea del tipo adaptativo o hiper-sexualizado.

Como se ha adelantado, la cifra negra de criminalidad en los delitos sexuales, especialmente con víctimas menores de edad, es muy alta por varias razones que no son objeto de discusión en el presente artículo. Sin embargo, la propia naturaleza de las conductas de Grooming dificulta aun más la delación de la situación abusiva, puesto que el grado de confianza que puede llegar a obtenerse del menor dificulta que éste se reconozca como víctima. Por supuesto, los sentimientos de vergüenza y culpa juegan un rol fundamental en el mantenimiento del abuso. El menor descarta la posibilidad de narrar su situación ante las amenazas del agresor con difundir las imágenes que la propia víctima facilitó.

La situación anterior hace indispensable la elaboración de estrategias de prevención y lucha integrales contra el fenómeno. Sin embargo, existen ciertas creencias erróneas que obstaculizan dichas tareas de protección frente a las conductas de Grooming. La primera de ellas, la más evidente, es la tendencia a relacionar dicho fenómeno de forma exclusiva con los entornos online. El código penal español castiga al sujeto que, haciendo uso de internet, el teléfono o cualquier otra tecnología de la información y la comunicación, contacte con un menor de 16 años y le proponga un encuentro con finalidad sexual. Además, los talleres y jornadas de educación para jóvenes, padres y profesionales focalizan en el riesgo que comporta el ciberespacio respecto de la victimización sexual. Por último, los discursos oficiales, no hay más que ver las razones enunciadas por el legislador para justificar la incorporación del delito de Grooming, basan sus decisiones político-criminales en el auténtico peligro que Internet supone para los abusos sexuales a menores. Esta visión restringida sobre el Grooming no permite tomar conciencia de que la inmensa mayoría de los abusos sexuales a niños y niñas ocurren en el espacio físico y por alguien del entorno más inmediato del menor. Cabe recordar que las estrategias de acercamiento a la víctima a través del Grooming persiguen dos objetivos principales: lograr la confianza del menor para abusar de él y mantener la relación abusiva en secreto. Pensar que el padre de la víctima no necesita realizar estrategias de acercamiento porque ya ostentan la confianza de aquella es un error que invisibiliza la modalidad offline del Grooming. La única diferencia es que dichas estrategias se activan después de ocurrir el abuso, con objeto de alcanzar una de las metas del grooming, esto es, asegurar el silencio de la víctima. Es cierto que cuando menor y agresor se conocen quizás este último no necesite recurrir a tácticas tan elaboradas, pues la autoridad sobre el menor le sitúa ya en una posición de superioridad que doblega la voluntad de la víctima de denunciar la situación. Merece la pena recordar aquí que el abuso sexual es más bien un abuso de poder en el que se utiliza la sexualidad del sujeto, dado que supone la esfera personal con la que es más fácil ejercer un control.

Otro hecho que contribuye a la formación de ideas equívocas sobre el Grooming es que se use precisamente este término para nombrar al delito contemplado en el artículo 183 ter 1 del Código Penal. El tipo castiga el contacto y propuesta sexual, por cualquier medio tecnológico, con un menor de edad. No obstante, el Grooming se extiende más allá del contacto y propuesta de encuentro y supone el conjunto de actuaciones para obtener la confianza del menor. Piense en el sujeto que tras contactar por Facebook con un menor le propone inmediatamente un encuentro sexual en un hotel. El sujeto no oculta ni su edad ni su género, ya ha reservado la habitación y le ha dado dinero al menor para que coja un autobús y se desplace al hotel. Todo ello ocurre en 14 minutos de la primera conversación. Dicho sujeto ya puede ser castigado por el delito de Grooming, pues se dan todos los elementos del tipo. Sin embargo, como habrá podido comprobar, el agresor no ha emprendido ninguna estrategia destinada al acercamiento al menor. Por tanto, lo que castiga el código penal es el contacto y proposición, esto es, castiga más bien una de las etapas finales del proceso de Grooming y no el proceso en sí mismo.

Dejando de lado cuestiones terminológicas y jurídicas, existen otras falsas creencias sobre el fenómeno aquí abordado. Una de ellas tiene que ver con la imagen que se narra del agresor en los discursos populares y oficiales. Se habla de un viejo verde que busca a niños y niñas empleando las estrategias más viles. Es el mito del "stranger danger" cuya figura ha motivado en Estados Unidos políticas criminales como las Leyes Megan. Lejos de esa realidad, el agresor suele ser joven, con una edad situada entre los 25 y 35 años. Además, afirmar que el pederasta ha sustituido los parques infantiles por las salas de chat resulta desacertado por dos motivos. Primero porque las víctimas de Grooming online suelen situarse entre los 13-17 años. Segundo, porque, aunque fuera cierto, el "pederasta" no acudiría a las salas de chat, sino que haría uso de las redes sociales. Esta es otra idea desacertada. El advenimiento de las redes sociales ha hecho que las salas de chat dejen de ser puntos calientes, por hacer un símil con el espacio físico, para dar paso a Facebook y otras plataformas. Piense que un agresor potencial puede obtener muchísima información con la cuenta de un menor en una red social. Dicha información le resulta sumamente útil y facilita el éxito en el contacto y obtención de la amistad con la víctima.

Por último, es necesario acabar con el mito de la inmunidad masculina. Es cierto que las adolescentes sufren mayor victimización, pero los chicos realizan más conductas de riesgo para el Grooming Online que los lleva, al menos, a recibir la misma cantidad de solicitudes que las chicas. Posiblemente esto se deba a que el agresor, por lo general, tiende a emplear estrategias más sutiles con víctimas de género femenino, mientras que los que seleccionan a chicos emplean tácticas más directas y agresivas. Las primeras tienen entonces menos posibilidad que los segundos para detectar las verdaderas intenciones del abusador potencial. Por ello, aunque los chicos realizan mayor cantidad de conductas de riesgo para la solicitud sexual, tienen mayor oportunidad de detectar la situación y paralizar la relación con el agresor a tiempo. Todo ello sin olvidar que los niños que acaban siendo víctimas denuncian menos que las niñas. Este hecho también podría contribuir a mantener la falsa percepción de la inmunidad masculina en las conductas de grooming online.

Son muchas más las ideas equívocas sobre este fenómeno que por extensión no pueden abordarse aquí. Sin embargo, cabe concluir afirmando que todas esas creencias erróneas y mitos tienen una cosa en común: la necesidad de ser abordadas para asegurar un efectivo entendimiento del fenómeno y una adecuada implantación de medidas, estrategias y actuaciones que garanticen su prevención y abordaje.


* Publicado por:

Diego Maldonado
Diego Maldonado


* Referencias

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