Prevención de riesgos laborales y seguridad privada

La Prevención de Riesgos Laborales (en adelante PRL) es una de las ramas de la seguridad que más desarrollo han tenido en los últimos años.

En España adopta forma legal a mediados de los años 90 del siglo pasado con la Ley 31/95, empujada por las acuciantes cifras de víctimas y siniestros, igual que sucede en ámbitos próximos como la seguridad vial.

Centrando la materia en el ámbito de la seguridad privada, y más concretamente en los servicios de vigilancia, debemos observar varias cuestiones previas:

  • Nada se dice en la norma respecto de su ámbito de aplicación con los servicios de seguridad privada, aunque sí se hace referencia a la seguridad pública.
  • Los servicios de seguridad, como externalización de servicios que son, no sólo tienen sus propios riesgos, sino también los de los clientes donde se presta el servicio.
  • La PRL debe garantizar la protección de los trabajadores, pero enlaza directamente con la autoprotección, donde el rol del personal de seguridad privada es significativo.

La PRL, como rama dentro de lo que podemos entender como Seguridad Integral, ha alcanzado una gran importancia y en su desarrollo puede verse, comparativamente hablando con la seguridad privada, que el adelantamiento fue por la derecha y sin intermitente, consiguiendo ya hace tiempo cosas que aún no se han conseguido en el ámbito de la seguridad privada española, tales como el paso de las titulaciones al sistema de enseñanza reglada y la obligatoriedad de figuras en empresas a partir de un cierto número de trabajadores (en seguridad privada estas circunstancias están aún en pañales).

Dentro de los servicios de vigilancia, en relación con la PRL, podemos hablar de dos grandes grupos de riesgos:

  • Riesgos inherentes a la actividad.
  • Riesgos vinculados al lugar de trabajo.

Los riesgos inherentes a la actividad son aquellos que el vigilante sufre como consecuencia del trabajo que realiza genéricamente, independientemente de donde se realice. Algunos ejemplos de ellos serían golpearse un pie o caer por unas escaleras realizando una ronda de vigilancia, sufrir un atropello en un control de accesos de vehículos o recibir un disparo fortuito por su propia arma.

De estos riesgos hemos de decir que tradicionalmente y sobre todo en los principios de la ley, quizás no eran observados ni evaluados convenientemente, y, ni siquiera el propio trabajador les prestaba quizás la atención que requieren. El avance de los tiempos y la importante labor de concienciación realizada han incidido positivamente en esta cuestión, aunque aspectos como el alto índice de rotación sufrido por el sector en determinados momentos, y la falta de profesionalización del sector en puestos operativos contribuyen negativamente a su mejora.

Dado que el personal operativo de vigilancia presta habitualmente sus servicios no en las instalaciones de su compañía, sino en las de un cliente de su empresa, los riesgos en el lugar de trabajo son, posiblemente, en los que se debería poner más énfasis. Todo ello porque el servicio de vigilancia puede prestarse en todo tipo de instalaciones con los riesgos propios de la actividad y características del lugar. Históricamente quizás estos riesgos no se trabajaron adecuadamente; era común, aunque al vigilante se le hubiera informado mínimamente en los riesgos inherentes a la actividad, que a la hora de prestar un servicio no se le informase de los riesgos del cliente. Posiblemente con el paso del tiempo esto haya ido mejorando, sobre todo allí donde el cliente tiene un departamento de prevención en condiciones.

Aún así, me sigue pareciendo que existen, sobre esta cuestión, lagunas que pueden provocar grave riesgo al trabajador.

Por poner algún ejemplo, estoy pensando en un servicio de respuesta a las alarmas. El vigilante de seguridad que va a hacer el acuda, ¿conoce todas y cada una de las instalaciones a las que puede acudir con su disposición, circunstancias según horas o turnos de trabajo y, en definitiva, sobre los riesgos que existen? La respuesta tiene dos letras y empieza por n. Pero, además de cumplir con el deber de información que impone la ley, habría una pregunta aún más grave, ¿se han evaluado los riesgos de esos lugares?

Recientemente un vigilante que prestaba este servicio me comentaba que uno de los servicios donde acudía era un solar donde el cliente almacena mercancía, no siempre en los mismos lugares, cantidades ni tipos, y en el que, a ras de suelo, hay pozos abiertos; todo ello acompañado de escasa iluminación. Cuando ese vigilante llegue a las instalaciones a las 4 de la madrugada para verificar un salto de alarma y recorra la ubicación a la que puede que haga meses que no acude, ¿prestará su labor profesional en condiciones de seguridad? Que cada uno emita su propio informe de auditoría...

Y, por seguir con más ejemplos, ¿qué pasa con servicios esporádicos? Un vigilante viene a realizar unas horas en fin de semana a un servicio que no es el suyo habitual; o presta servicio en un lugar al que sólo se acude periódicamente como un campo de fútbol cuatro horas cada quince días; o un evento para el que su empresa es contratada puntualmente como un concierto. ¿Se están evaluando los riesgos adecuadamente? ¿se informa al personal?

En estas circunstancias creo que hay camino por andar y agentes sociales como los sindicatos podrían incidir bastante más. ¿Se solicitan las evaluaciones de riesgos para ver si estos están evaluados y esa evaluación es correcta? ¿Y qué hay de los equipos de protección individual?

Relacionando estos equipos con los riesgos derivados de las intervenciones de seguridad, hay que señalar que los servicios donde más agresiones sufre el personal de seguridad privada son los medios de transporte y los hospitales, y es rara la semana donde, en uno u otro, no se produce la agresión.

Muchos clientes ya en los pliegos de contratación establecen para ciertos puestos el uso de equipos tales como guantes anticorte o chalecos balísticos, y, en algunos casos, las propias empresas de seguridad también los proporcionan.

Aunque aún estas prácticas son escasas en la globalidad de los servicios, es cierto que la tendencia es, afortunadamente, creciente.

Este año hemos vivido por desgracia varias agresiones en campos de fútbol, y fruto de ello se han producido movilizaciones y algún sindicato llevó el asunto a los tribunales. Antes de producirse esto algunas de las grandes compañías de seguridad llegaron a un acuerdo para proporcionar chalecos anti corte o anti trauma en cierto tipo de servicios. Bienvenido sea y ojalá se generalicen estas prácticas. También ayudaría notablemente a reducir riesgos la protección jurídica adecuada que se proporcionase al personal de seguridad, puesto que la de ahora ni es suficiente, ni lo va a ser.

Es posible que esta dejadez tenga mucho que ver con la visión que puede tener una empresa de seguridad de gran parte de sus empleados, relacionada con la situación de mercado y con aspectos como la figura de la subrogación: no se siente al empleado como un activo valioso de la compañía, sino como alguien que circunstancialmente lleva su uniforme y le ayuda a facturar una serie de horas; esto influye también en otras cuestiones como la formación.

Y para tocar a todos los implicados, habría que mencionar que los trabajadores por su parte, deberían hacer por asimilar la información que se les proporciona, cumplir con el deber de protección de ellos mismos y de sus compañeros que la ley les asigna y, por supuesto, cuando así se disponga, utilizar los equipos de protección y hacerlo adecuadamente.

Era intención de este artículo abrir los ojos sobre ciertas cuestiones de interés en la materia y concienciar a todo el sector con ánimo de mejorar la situación. Más que aportar un granito de arena, se trata de quitar uno de este enorme desierto para transformarlo en algo más seguro y, por ende, profesional.

Publicado por:

José Ignacio Olmos
José Ignacio Olmos